Anécdotas de un recuerdo inventado.

En un ministerio, va bajando las escaleras un antiguo funcionario. Típico paraguayo, casado con una mujer trabajadora y abnegada, junto a quién en más de una oportunidad tuvo que afrontar el día a día acaso sin recursos económicos que le posibiliten llevar algo digno de comer a su mesa.

Ensimismado en sus recuerdos, ni siquiera nota el tumulto de gente a su alrededor hasta que escucha a lo lejos a alguien que grita su viejo apodo.

- Yu'i !!! Yu'iiiii!!!!

Un poco sorprendido, busca entre ese grupo de gente a quién, en su viejo lugar de trabajo de años, lo llama.

Enseguida lo reconoce.

Era un viejo compañero de trabajo, de aquél entonces donde la remaban juntos, haciendo ambos tareas de chófer y secretario para algunos extranjeros que visitaban el chaco paraguayo. A su mente le vienen recuerdos del tiempo en donde si te agarraba "la clausura", tenías que comerte días o semanas enteras de espera y bichos cazados en la escasa e inhóspita zona de talcal.

Los extranjeros, por supuesto, volvían en avión y ellos (los empleados) se quedaban a afrontar sus penurias como sólo un paraguayo resignado lo puede hacer.

- Jaupei? Mba'e reyapó hina?
- Ha, ápe yaikó hina. - responde paraguayo porte pe.

Luego de un par de intercambios de saludos con otras personas que se acercaban, nuestro protagonista se prepara para seguir con sus labores dentro del ministerio. Ensaya una despedida y su viejo amigo le pide:

- Venina un rato, te quiero presentar a alguien.

Lo lleva allá arriba, donde están todos los popes de la administración pública y si bien no recuerda mucho, escucha que su viejo compañero de desventuras habla con otra persona sobre la calidad de gente que tiene este viejo funcionario. Resaltando sobre todo la honestidad a lo largo de su vida.

Esa vieja honestidad, con la que se empeñaba en devolver el vuelto a sus propios compañeros de trabajo a quienes su esposa, a las tres de la mañana cada día, cocinaba las empanadas para el famoso Tereré-rupá.

Era muy conocido por todos, con su viejo canasto a cuestas, recorría los raídos pasillos del Ministerio una y otra y otra vez. El sueldo de funcionario nunca alcanzaba y había que rebuscarse.

Tiempo después, le dan la noticia de su vida. Al parecer, todos los años en los que estuvo esperando una oportunidad para demostrar su valía, dieron resultado. Lo nombran en una dirección.

Y si bien jamás pidió nada, es bendecido no solo con el puesto laboral sino que además, esas mismas personas que ayer nomás lo ignoraban, hoy hacían fila en su despacho buscando, acaso, congraciarse.

Piensa entonces para sí mismo:

- Ayéa la paraguayo iyipócrita. Oikotevé nderehé ha upémaro ndéma katú la ídolo.

Para suerte suya, ni el dinero, ni el cargo, ni la nueva posición social, le hacen olvidar sus humildes orígenes. Sabe bien quién es quién. Dónde están sus viejos amigos y quienes se acercan por el mero interés. Imagina entonces, que lo suyo es nada comparado a lo que tiene que enfrentar ese viejo amigo suyo, ex-chófer, ex-piloto, ex-presidente del club Libertad.