miércoles, 7 de octubre de 2009

Hormiga Killer !!!

A la tierna edad de 9 años, entre las cosas de mi abuelo encontré una LUPA.
Al momento de hallarla no me llamó mayormente mi atención, pues en ese tiempo, los soldaditos de plomo y los caballitos de madera centraban casi toda mi atención, apenas disputado por los trompos y las pandorgas.

No fué hasta sino entrada la etapa del verano en que mi vecinito José, el hermano de muñe (así le decían, como diminutivo de muñeca) poràiterei gua'u ko!. Bueno.. con José pillamos el sorprendente efecto de la LUPA y procedimos de darle un uso bélico.

Nos dirigimos entonces a uno de esos tacurú, cerca de arró-piré (una zanja en donde se tiraban la "pireca" del arroz) y procedimos de experimentar con las terribles hormigas rojas.

No contentos, buscamos a la siguiente victima, los akèkè, que no eran sino unos parientes lejanos de pinzas respetables y de colores que variaban entre un marrón tierrra y un negro oscuro noche.

Llevé a mi mariscal de plomo, a mis soldaditos (algunos ya de plástico, esos chinos bah!) y mis caballitos de madera. Hicimos la formación de batalla y José preparó el arma de destrucción masiva, la LUPA.

Jugamos a la hora de la siesta, porque en ese entonces, nos escapabámos ni bien se dormían "los mayores" y salíamos a buscarnos entre vecinos. Ese día en particular hacía MUCHO calor y toda la batalla se desarrollaba a pleno sol.

Demás está decir que matamos unas 200 unidades de asalto de los akèkè, algunos los tuve que pisar porque se metían entre mi shorcito TP y con la sana intención de morderme en mi huevito. Alguno alcanzó su objetivo.

Ya entrada la tarde, el sol comenzando a perderse en el horizonte, nos dirijimos a nuestras casas. Satisfechos, con el pecho inflado de la tarea cumplida, la guerra ganada y con quemaduras de 2do grado en la espalda.

5 días tuvimos que dormir sentados, nuestras mamás no entendían que para nosotros esas no eran sino cicatrizes de una guerra inventada.